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Como cuando me empeño
en hacer los regalos
cualquier día que no sea
el día de un cumpleaños,
así, intento hacer el balance:
cualquier mes que no sea diciembre.
Pero es como si estuviera
programada para hoy,
último día de un año peronista.
Siempre teniendo en cuenta
los dichos de los mayores,
primero está la salud
y a simple vista
la salud estuvo bien,
excepto por la neumonía de julio,
la bronquitis de agosto,
la alergia de septiembre.
Sobre el dinero no hay mucho que revisar,
es más,
podría copiar los totales textuales
de los años anteriores:
doce horas de trabajo diario,
veinticuatro días de catorce,
dos horas de viaje,
media y media esperando el colectivo,
ocho más ad honorem
lavando platos,
colgando ropa,
limpiando pisos.
Y luego está el amor,
¿cómo se hace un balance
de amor, sin usar las matemáticas?
¿el amor que se fue ingresa al debe
y el nuevo amor al haber?
Debería ser todo haber,
los abrazos rotos,
los besos descompuestos,
los juramentos eternos.
Todos los amores son diferentes,
los besos de cada besante tienen labios propios,
humedades saborizadas,
palabras que no existen.
Quiero que esta sea una noche más,
una común,
una cualquiera de junio,
que sea así, sin vino espumante,
sin lechón, sin familia,
con un choque de cristal casi escondido,
manos temblorosas,
besos viejos y besos a estrenar.
En definitiva al cambio de año
lo define un número,
impreso en millones de almanaques
esparcidos por todo el mundo;
y las copas,
las de cristal,
las que se pudren durante el año
en el cristalero,
copas-polvo,
copas-años,
copas-familia.
Me pasaba horas acuclillada
debajo de las glicinas
oliendo la piel de mi antebrazo,
empujando en los ojos
los pedazos de jardín.
En un extremo de la mesa larga
había siempre un tablero de ajedrez abierto
con un juego empezado,
día a día iban desapareciendo las piezas.
Yo imaginaba que cada peón
tenía un nombre,
imaginaba una cara para el rey
y me autoproclamaba su dama,
cada desaparición era un duelo.
Después la mudanza,
un tren que siempre llegaba tarde,
las noches interminables
que no rendían
porque me quedaba dormida.
Las muertes,
algunas muertes.
Siete años de mala suerte
por cada espejo roto
y no hay descuento por mudanza.
Me escondí en algún jueves
de hace veinte años
y dejé que el cuerpo hiciera lo suyo,
que llegue hasta donde hay que llegar.
Tantos árboles conté desde la ventanilla,
tantos semáforos,
tantos guiones de ruta.
Pude haber saltado dos estaciones antes,
llevarme conmigo,
pude haber ocupado las cajas
con racimos de glicinas.
No sé en qué momento
desaparecen las huellas,
pero cuando miró hacia atrás
el suelo está liso,
aún así no voy a admitir derrotas
ni desdibujar errores,
hay un lugar en donde puedo poner los pies,
un lugar que nunca antes estuvo ocupado.
Un corazón rojo de papel brillante
y bordes arrugados
reposa sobre mi mesa de noche.
En el otro extremo,
tu cabeza parece flotar
sobre la almohada rayada,
sobre tu cuerpo tibio y lánguido.
Las piernas separadas,
igual a cuando te preparás
para que te haga el amor,
o a cuando las movés al ritmo
de algún tema que suena en tu equipo.
Te miro desde el comedor,
callada,
tratando de encontrar
la manera de homenajearte,
no por nada en especial,
sólo por agradecerte
estos meses de resurrección.
Las luces sobre la ventana,
se apagan y, cada vez con más dificultad,
vuelven a encenderse.
Afuera dejó de ser noche,
los pájaros comienzan una rutina
que no distingue domingos,
atravesando el cielo gris.
Planeé un desayuno con café y flores,
a pesar de que no me parece suficiente,
con una tarjetita que diga te amo
o algo por el estilo,
eso te gusta,
sin embargo
no puedo moverme.
Estos días sufro un bloqueo importante:
de piernas y de manos,
de un cerebro incapaz de ordenar
cualquier actividad que no sea automática.
En medio de este panorama,
quiero sorprenderte
y ya ves, no me es posible,
a pesar de la genuina terquedad
con la que me empeño,
desesperadamente,
en encontrar un pedazo de cielo
que esté acá abajo
y sobre el cual pueda
escribir tu nombre.